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de distribuir sus tierras
cercano para la muerte
que le amenaza de cerca,
cuando por la triste sala,
de negro luto cubierta,
la olvidada infanta Urraca
vertiendo lágrimas entra;
y viendo á su padre el Rey
con debida reverencia,
de hinojos ante la cama
la mano le pide y besa;
y después de haber mostrado
con tierno llanto sus quejas,
mostrando la voz humilde
así la Infanta se queja:
—Entre divinas y humanas
¿qué ley, padre, vos enseña
para mejorar los homes
desheredar á las fembras?
A Alfonso, Sancho y García,
que están en vuestra presencia,
dejáis todos los haberes
y de mí non se vos lembra;
non debo ser vuestra fija,
que os forzara si lo fuera
á tener de mí lembranza
la vuesa naturaleza.
Si legítima non soy
magüer que bastarda fuera,
de alimentar los mestizos
habedes naturaleza.
Y si ansí non es, decid:
¿qué culpa me deshereda?
¿qué desacato vos fice
que tal castigo merezca?
Si tal tuerto me facéis,
las naciones extranjeras
y los vuesos homes buenos
¿qué dirán cuando lo sepan?
Que non es derecho, non,
ni tal es razón que sea
pudiendo ganalla en lides
dar á los homes facienda.
Si tierras no me dejáis
iréme por las agenas,
y por cubrir vueso tuerto
negaré ser fija vuesa.
En traje de peregrina
pobre iré, mas faced cuenta
que las romeras á veces
suelen fincar en rameras.
Sangre noble me acompaña,
mas cuido que mi nobleza
como extraña olvidaré
pues que por tal me desechas.—
Tales palabras habló
y esperando la respuesta
dió principio al tierno llanto
poniendo fin á sus quejas.
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